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Ayer tocó en Madrid, en el templete del Retiro, uno de los grandes nombres de la llamada música minimalista, el californiano acompañado a la guitarra de su hijo dentro de las actividades organizadas este año por los Veranos de la Villa.

Un concierto de música clásica contemporánea de carácter impovisatorio dividido en dos partes y cuajado de influencias étnicas: dos envolventes e hipnóticas ragas hindúes (fue discípulo del maestro clásico indio Pandit Pran Nath), jazz, motivos españoles (ese “Mongolian Winds” que parece beber de “Asturias (Leyenda)” de Isaac Albéniz), incluso momentos más eléctricos y cercanos al rock.

Es un minimalismo más orgánico y florido el de los Riley, más cálido, que el de sus colegas de la escena neoyorquina. A lo que aspiran los Riley es a crear un ola musical intuitiva en la que los dos instrumentos de cuerda que tañen se fundan, se confundan y formen uno solo. La suya es una aspiración de felicidad.

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Para encontrar los primeros documentos sonoros grabados por Terry Riley hay que remontarse a principios de los años sesenta cuando publicó su debut “Music for The Gift”, desde entonces ha sacado una treintena larga de LPS que incluyen colaboraciones con Kronos Quartet o con John Cale (“Church Of Anthrax”, 1972), Riley llegó a tocar antes con él y Angus Maclise, cuando The Velvet Underground aún estaban en embrión.

Riley también fue pionero en el uso de loops de cinta grabada y su LP de 1969 “A Rainbow in Curved Air” inspiró a gran parte de la protoelectrónica posterior, sin ir más lejos a Pete Townshend en alguna de sus mejores canciones con The Who (“Won’t Get Fooled Again”, “Baba O’Riley”), e incluso se ha dicho que el recordado ‘Tubular Bells’ de Mike Oldfield también se inspiró en la música de Riley.

El de ayer fue un brillante y encantador recital ante un público de lo más variopinto (gratis, la palabra mágica), muy similar al ofrecido por el dúo en el CCK a finales del año pasado.