Hay una euforia, una catarsis casi bíblica, sobre todo para los ingleses, porque ha tenido a bien, quince años después de la ruptura del grupo, a volver al grupo de donde salió. Es decir, Take That, a pesar de que sus relaciones con Gary Barlow, el autentico líder del grupo, eran horribles.

Ni que fuera un acontecimiento planetario, como todos imaginamos. Take That no eran los Beatles ni siquiera los Osmonds. Y es cierto que todo el mundo esperaba que el talento lo tuviera Barlow, pero sus álbumes en solitario fueron fracasos.

En cambio, Robbie batía todos los records. Nadie lo entendía, pero era así. Cantaba peor que Gary, encima, ni siquiera era músico o componía.

Pero el misterio del éxito de Robbie Williams se sostenía, porque el presidente Tony Woodworth le protegía como lo hacía descaradamente con Pet Shop Boys, Killie Minogue , todos afines a lo que podíamos llamar el “lobby” gay de EMI. Mientras que el ejecutivo no gastaba dinero ni marketing ni hacía nada por artistas como Radiohead, Supergrass, Paul Mc Cartney o los mísmisímos Rolling Stones.

Al llegar Guy Hands al poder de EMI, echó a Tony y todos se han quedado en precario. Los últimos discos del “lobby” gay han sido fracasos sonados, como el del propio Robbie, que se gastó un millón de libras en su disco con Trevor Horn.

Así que lo de Take That, como tantas otras, es una operación comercial, cuando todos están pasando horas bajas, muy bajas.

Abajo, Take That con ‘Back for good'.