UN PROLOGO A TINO CASAL DE PLASTICOS

Conocí a en los pasillos de la desaparecida Polygram, en la avenida de América. El acababa de presentarse en el festival de Benidorm. En la década de los setenta, un festival era una horterada. Y eso es lo que me pareció el propio Tino, que ya vestía de una manera única. Quizá no muy al gusto de las moda londinense, pero si que era extravagante.

No lo volví a ver hasta un año después. Quizá más. Era muy amigo de Luis Cobos y yo grababa como productor discográfico en aquella “magnífica” carbonera que eran los Estudios Escorpio, donde acaba de lograr grandes éxitos con Alaska y Los Pegamoides y, sobre todo, con la Orquesta Mondragón.

En la primera larga conversación que mantuve con Tino descubrí que tenía una gran cultura del pop, del rock. Incluso teníamos gustos muy parecidos. Nuestro amor por David Bowie, por Lou Reed, por Kraftwerk. No me lo podía creer. Aquel “hortera” del festival de Benidorm, tenía la sensibilidad de un gran artista.

Y eso ya se notó en nuestro primer álbum en el que grabamos una versión de ‘Life on mars’ de la que el propio Bowie, años después, se asombró de la voz del que “cantaba su canción”. Hasta  hicimos ‘White Room’ de los Cream, ahora que se han vuelto a reunir.

Mientras esperabamos a que apareciera nuestro primer  trabajo, supe que era un artista completo, porque acababa de terminar el primer álbum de Azul y Negro y le pedí que hiciera la portada. Pintaba, dibujaba, era un maquetador. En fín, era un artista en el más amplio sentido de la palabra. El resto es historia.

Tino se convirtió en uno de mis mejores amigos. Por no decir el más importante. Siempre recordaré aquellas noches maravillosas en mi primera casa, devorando videoclips, escuchando lo más precipitadamente único, exquisito.

Fue el primero en advertir que Prince se iba a convertir en una increíble estrella, en tal que le puse el primer álbum. Fue el primer que me dijo que Bono era un cantante extraordinario, a pesar de que el primer disco de U2 sonaba excesivamente a primerizo y desafinado.

Han pasado años desde su muerte y, a veces, siento que lo necesito. Es como si hubiera perdido un lado sensitivo en mi alma de la música. Me hace falta su ironía, su sentido del humor y, sobre todo, la pasión por la música, por la moda, por cualquier movimiento que signifique un paso adelante en una sociedad que como la actual está atrapada en su vulgaridad. Se pueden decir muchas cosas de Tino. Pero no se le podría tachar jamás de vulgar.

Tengo maquetas con varias canciones inéditas de Tino. Incluso lo que ibamos a hacer, o grabar en Tokio, que era el siguiente paso, arrasado como estaba su visión por la tecnología digital. Pero jamás tocaré material de Tino, porque era muy especial y nunca sabré o no, si le hubiera gustado lo que hagamos ahora. Es una manera de respetarle.

Es muy probable  que Tino sufriera una “parálisis” al comprobar los reinados españoles de los de Operación Triunfo, la vulgaridad en la vestimenta, la mediocridad generalizada en la música, el cine, las vanguardias. ¿Se moriría otra vez?. No lo sé. Pero pienso que mejor que no lo vea.

Este libro de Gerardo Quintana es generoso en historias, en investigación y también, en seriedad. Gerardo es una persona que respeta a Tino y eso ya es muy importante en estos tiempos. Tengo muchísimas anecdotas de Tino, pero ya hay muchas y marvillosas en este libro. Sólo contaré una que se refiere a sus sueños, a su pasión por la música. Cuando ‘Embrujada’ fue éxito en media Europa, los ingleses quisieron que hicieramos una versión en ingles. Un Bentley con chofer nos vino a recibir al aeropuerto de Heathrow. Y Tino se me acercó y me dijo: “Ahora, Juli, si que hemos triunfado”. Prefiero quedarme con esa imagen de Tino. Feliz, dichoso, como un niño con su juguete perfecto.