Hoy hubiera cumplido 75 años el gran LOU REED. Siempre inolvidable. 

Lou-Reed

Pobre Lou. He llorado, su muerte me ha dejado muy tocado, pero la vida sigue. Aunque no puedo dejar de recordar que cada vez que me veía me daba un abrazo. Eso para mí, era mucho.

Tres veces me llamó el año pasado a mi telefono movil, con esa voz ronca, penetratante:”Hi, Lou speaking”. Ibamos a hacer algo que nunca hice con él, una canción en español de un poema de Lorca. Lou era un poeta, el poeta del rock. Un loco de Dylan, pero en el rock, sin raíces. Sólo rock and roll. El perfecto “rock and roll animal”7 , como en su maravilloso álbum en directo, obra maestra absoluta.

Hasta el final como tiburón de manual no ha dejado de hacer cosas, aunque los últimos meses han sido los peores, en su apartamento del Lower East side. Hasta hace poco le han dado toda clase de premios y homenajes. Me llegó al alma el premio de revista GQ, como hombre del año, galardón que le entregó Ronnie Wood.

 

Hace unos meses también,  en el Museo de Arte de la Universidad de Long Beach, presentó junto con el productor Bob Ezrin: Lou Reed, Metal Machine Music: The Creation of the Universe, con  imágenes en 3 dimensiones, con una instalación de audio que invita a un nuevo método de grabar sonido y escuchar una sensación tridimensional experiencia espacial. Por supuesto, el sujeto sónico es “Metal machine Music”. Increíble a los 71 años.

Pero también se metió en el mundo del “metal machine”, en el más inesperado proyecto entre Lou y Metallica. Pero me decía que  quizá era lo mejor que había hecho hecho nunca en su loca historia. Podría crear otro sistema planetario. No estoy bromeando. Eso decía y aún decía que no estaba siendo siendo egoísta.

Y me aseguraba:

“Julián, lo que he hecho con Metallica es un matrimonio hecho en el cielo. Lo supe desde el primer momento que tocamos juntos: Oh, tío, esto es la perfección justo delante de mis narices”

La idea había surgido  tras su actuación conjunta haciendo ‘Sweet Jane’ en el 25 aniversario del Rock and Roll Hall Of Fame en 2009.

La última vez que lo ví en Madrid fue con un concierto de su esposa Laurie Anderson. Todo iba  normal en el concierto de Laurie, entre velas,bombillas y acompañada del cellista Okkyung Lee, cuando en uno de los temas polémicos contra la administración americana, “Lost art of conservation” apareció el mismísimo Lou Reed con la guitarra ante el fervor de la audiencia, que no era mucha precisamente en el cuartel del Conde Duque en Madrid.

Confieso que fue Bowie quien me empujó hacia Lou Reed.

Empezó a hablar de la Velvet Underground, de Andy Warhol, de la fabulosa “factory” neoyorkina de finales de los años sesenta y quedé atrapado en aquel disparate de sofistificación y modernidad.

Poco después, Bowie producía el segundo álbum de Lou, Transformer, que se convirtió en mi álbum de cabecera. Un álbum más que imprescindible.

Cautivo de la sensualidad y la ambigüedad sexual de aquellos personajes, viajé a Nueva York, en la Navidad del año 72, en busca de la Factory de St. Mark Place, del “Max at the Kansas City”, que todavía existía y de la “Dancetería”. Pero realmente, cinco años después del primer álbum de la Velvet Underground, ya quedaba poco de todo aquello. Incluso Warhol ya no era “underground”.

Pero me atreví a escribir un artículo de Lou Reed de más de veinte folios de aquel entonces para la revista “Popular 1”.

Y… bingo. Por fin llega Lou a Madrid, al demolido Pabellón de deportes del Real Madrid. Ante mi sorpresa la gente de RCA me advierte que quiere conocerme en el camerino después del concierto, que la noche anterior había obligado a que le tradujeran mi artículo y que le había gustado.

Lo que no podía intuir en que aquella noche se convirtiera en algo espectacular. Mi amiga Chaplin había sido la daminificada que se había pasado la noche anterior traduciendole mi artículo. El novio de Chaplin es Luis Alberto, “label manager” de RCA y de Lou Reed.

Entro en el camerino y la visión de Lou me impacta. Y más aún cuando me presenta a Rachel, su “amigo”, un travestí con una insignificantes tetas, que encima es de Puerto Rico, que habla español naturalmente, aunque es muy tímido.

Chaplin y Luis Alberto sugieren que nos vayamos a la suite de su hotel, el Meliá Princesa. Todo lo que vino a continuación, simplemente me pareció surrealista. Pero fue una noche especial para mí.

Desde un primer momento, Lou Reed me trataba como un amigo. Ante mi sorpresa me puso delicadamente en mis oidos unos cascos, donde en una “cassette” sonaba lo que iba ser su próximo álbum Rock and roll Animal, un álbum en directo que había sido grabado en el estudio, como un contrasentido.

Recuerdo a Rachel, sumisa, bueno, sumiso, sonriedo levemente. Algunas veces, Rachel “me traducía” lo que quería decirme Lou.

Una hora después, suena la alarma. Veo a Luis Alberto muy preocupado. “Tenemos que ir a una farmacia”. Me quedé un poco consternado, pero poco después estabamos en plena calle Princesa, buscando una farmacia de guardia -eran las dos y media de la mañana-, porque Lou Reed y Rachel necesiban jeringuillas nuevas. Así que allí estaba yo dandole la comida a un “yonqui” cuando todavía vívía Franco y la poli vestía de gris.

Creo que aquella anoche me hizo ser amigo de Lou para siempre. Recuerdo también, treinta años después,  como  un día en el hotel Villamagna -su favorito cuando viene a Madrid- le estaba haciendo una entrevista para 4oTV y había superado el tiempo con creces y llegó la responsable norteamericana de la gira para decirme que mi tiempo se me había acabado.Fue en ese momento cuando Lou se dio cuenta y gritó:

”Vete a la mierda, Sandy. Dejame hablar tranquilo con un amigo  que lo es desde hace  treinta años”.

En otra ocasión, y son anecdotas que ilustran perfectamente el carácter de Lou. El entonces director general  Pío Cabanillas, un  ex-neoyorkino, fan acérrimo de Lou, me pidió que necesitaba conocerlo, que se lo presentara. En aquel momento, Pío era director general de radio y televisión. Alguien de la compañía se lo debió de decir a Lou y este creyó que yo trabajaba en el “ente” y Lou le empezó a decir a Pío:

Este “tío” es el que más sabe de música en este jodido país. No sabes lo que entiende. Es un músico y, además, es mi gran amigo.

Yo me moría de la risa  de como el propio Lou ejercía de mi jefe de promoción. No pudo ser más tierno. Te quiero, Lou.

Hablarle  de Andy Warhol, de la Factory y de aquellos años no resultaba fácil.

Ya sabes que todo lo que teníamos que decir de Andy lo hicimos  John Cale y yo en aquellas canciones por “Drac”. Sí, a Andy le llamabamos Drácula, porque siempre te chupaba la sangre, lo mejor de ti. Aquellos tiempos eran diferentes, porque no existía el Sida. Así de sencillo.

Lou era infinitamente curioso y siempre te preguntaba mucho. Una vez quería saber si Michael Jackson seguía con su proyecto de hacer una película sobre Edgar Allan Poe, antes claro de que terminara su proyecto “The Raven”, donde descubrió al actual Anthony.

Lou siempre estaba loco por Edgar Allan Poe. Una vez me confesó que había leido “Le Duc de L´omellette” unas quince veces. Un disparate.

Otras veces te  cuenta anecdotas tiernas que te llevan a la lógica humanidad de tus ídolos juveniles. Iconos que los veías como perversos y misteriosos, pero que la verdad de la vida te los acerca adonde estamos todos.

Por ejemplo, una vez me contó en Londres, al preguntarle por Bowie:

Hace una semana pagamos una fortuna por las entradas de reventa de “El rey león”. Fuimos con los Bowie. Es decir, David, Imán, mi Laurie y yo. Nos gustó.

¿Se imaginan semejantes personajes cuatro viendo “El rey león“ en una butacas de un teatro de Broadway?.

De Laurie Anderson no hablaba más que maravillas:

Es una mujer muy inteligente, muy sensitiva y me da lo que más quiero.

Incluso había logrado desembarazarse de su carácter noctámbulo. Antes vivía de noche y dormía de día. Hasta ayer era al revés.  Pero el puñetero hígado le ha hecho una mala pasada.