No fue un proyecto muy aplaudido, tan sólo le gustó a unos pocos. Ni siquiera a mucha gente del rock, que lo vio como una maniobra tensa, forzada, un nuevo cambio de un que había perdido la brújula en los años 80, su década más floja en lo artístico y, paradójicamente, la que le proporcionó un mayor éxito popular hasta la fecha.

Un 31 de mayo, tal día como hoy de 1989, el cuarteto hizo su debut en directo en los International Music Awards en Nueva York. Bowie explicó que él y los miembros de su banda se unieron “para hacer el tipo de música que disfrutamos escuchando” y también para rejuvenecerse artísticamente.

Los 80 le habían hecho perder mucho crédito. El visionario, el perenne adelantado, había dado paso al artista gruesamente mainstream nadando a favor de la corriente, sin correr apenas riesgos. Dejándose querer.

De pronto Bowie quiso cobijarse en un grupo, ser parte de su maquinaria más que protagonista absoluto, liderando una sospechosa vuelta a las guitarras, a un nuevo sonido eléctrico, denso y espeso. Como si los Spiders From Mars hubieran resucitado en versión adulta y pesada. No fue una jugada maestra, pero algunos agradecimos esa inesperada, aunque mosqueante, vuelta al muro de guitarras hard rock.

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La “máquina de hojalata”, formada por el guitarrista Reeves Gabrels, los hermanos Sales, Hunt y Tony (ex Runt, ex Iggy Pop) como sección de ritmo, y Bowie integrado en el grupo como voz principal, resultó ser en algunos cortes un rodillo-apisonadora. Un poco a la manera de los por entonces prometedores The Godfathers, banda inglesa que contaba con un par de comentados y rotundos álbumes. El Bowie de fantasía daba paso a otro más sólido y austero de camisa blanca y traje y corbata negros.

Una semana antes de esa primera actuación en directo, Tin Machine habían lanzado un long-play de debut que lo que escondía básicamente en muchos de sus cortes, tras tanto muro de guitarras y tanto acople distorsionado, era un velado trabajo de Rhythm & Blues clásico.

En cierto modo una vuelta al Londres de 1965-66, el que quedó reflejado en su homenaje “Pin-Ups” y en los cortes más ásperos de “Aladdin Sane”. Pero quizá habría que retrotraerse a unos cuantos años antes, al asfixiante y claustrofóbico “The Man Who Sold The World” de 1970. El Bowie que anunció “grunge”.

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Un disco de hard R&B tenso y nervioso con temazos como “Amazing”, “Prisoner Of Love” o “Baby Can Dance”, en su lado más relajado, y descargas furiosas del calibre de “Tin Machine” (reminiscente de “Over Under Sideways Down” de los Yardbirds), “Crack City” (The Troggs con más producción) o “Pretty Thing”, con ese título…

El primer elepé de Tin Machine se completaba con el trotón boogie “Heaven´s In Here”, “Under The God” (desde las entrañas de Ray Charles con volumen a todo trapo) y una cuadrada versión de “Working Class Hero” de su siempre admirado John Lennon.

A pesar de ese repentino y abrupto nuevo giro de Bowie, resultó ser su LP más completo desde “Scary Monsters” de 1980, y el perfecto antídoto contra muchos de sus más vacuos caprichos de la década que concluía.

“Tin Machine” tuvo continuación en un segundo álbum publicado en 1991 y un directo, trabajos interesantes que no lograron superar la inspiración e intensidad desplegadas en él.