Confieso que fue Bowie quien me empujó hacia .

Empezó a hablar de la Velvet Underground, de Andy Warhol, de la fabulosa “factory” neoyorkina de finales de los años sesenta y quedé atrapado en aquel disparate de sofistificación y modernidad.

Poco después, Bowie producía el segundo álbum de Lou, Transformer, que se convirtió en mi álbum de cabecera. Un álbum más que imprescindible.

Cautivo de la sensualidad y la ambigüedad sexual de aquellos personajes, viajé a Nueva York, en la Navidad del año 72, en busca de la Factory de St. Mark Place, del “Max at the Kansas City”, que todavía existía y de la “Dancetería”. Pero realmente, cinco años después del primer álbum de la Velvet Underground, ya quedaba poco de todo aquello. Incluso Warhol ya no era “underground”.

Pero me atreví a escribir un artículo de Lou Reed de más de veinte folios de aquel entonces para la revista “Popular 1”, que todavía existe gracias a Jose Luis y Berta.

Y… bingo. Por fín llega Lou a Madrid, al demolido Pabellón de deportes del Real Madrid. Ante mi sorpresa la gente de RCA me advierte que quiere conocerme en el camerino después del concierto, que la noche anterior había obligado a que le tradujeran mi artículo y que le había gustado.

Lo que no podía intuir en que aquella noche se convirtiera en algo espectacular. Mi amiga Chaplin había sido la daminificada que se había pasado la noche anterior traduciendole mi artículo. El “novio” de Chaplin es Luis Alberto, “label manager” de RCA y Lou Reed.

Entro en el camerino y la visión de Lou me impacta. Y más aún cuando me presenta a Rachel, su “amigo”, un travestí con una insignificantes tetas, que encima es de Puerto Rico, que habla español naturalmente, aunque es muy tímido.

Chaplin y Luis Alberto sugieren que nos vayamos a la suite de su hotel, el Miliá Princesa. Todo lo que vino a continuación, simplemente me pareció surrealista. Pero fue una noche especial para mí.

Desde un primer momento, Lou Reed me trataba como un amigo. Ante mi sorpresa me puso delicadamente en mis oidos unos cascos, donde en una “cassette” sonaba lo que iba ser su próximo álbum Rock and roll Animal, un álbum en directo que había sido grabado en el estudio, como un contrasentido.

Recuerdo a Rachel, sumisa, bueno, sumiso, sonriedo levemente. Algunas veces, Rachel “me traducía” lo que quería decirme Lou.

Una hora después, suena la alarma. Veo a Luis Alberto muy preocupado. “Tenemos que ir a una farmacia”. Me quedé un poco consternado, pero poco después estabamos en plena calle Princesa, buscando una farmacia de guardia -eran las dos y media de la mañana-, porque Lou Reed y Rachel necesiban jeringuillas nuevas. Así que allí estaba yo dandole la comida a un “yonqui” cuando todavía vívía Franco y la poli vestía de gris.

Creo que aquella anoche me hizo ser amigo de Lou para siempre. Recuerdo que un día en el hotel Villamagna -su favorito cuando viene a Madrid- le estaba haciendo una entrevista para 4oTV y había superado el tiempo con creces y llegó la responsable norteamericana de la gira para decirme que mi tiempo se me había acabado.Fue en ese momento cuando Lou se dio cuenta y gritó:

”Vete a la mierda, Sandy. Dejame hablar tranquilo con un amigo  que lo es desde hace  treinta años”.

En otra ocasión, y son anecdotas que ilustran perfectamente el carácter de Lou. El entonces director general  Pío Cabanillas, un  ex-neoyorkino, fan acérrimo de Lou, me pidió que necesitaba conocerlo, que se lo presentara. En aquel momento, Pío era director general de radio y televisión. Alguien de la compañía se lo debió de decir a Lou y este creyó que yo trabajaba en el “ente” y le empezó a decir a Pío:

Este “tío” es el que más sabe de música en este jodido país. No sabes lo que entiende. Es un músico y, además, es mi gran amigo.

Yo me moría de la risa  de como el propio Lou ejercía de mi jefe de promoción. No pudo ser más tierno. Te quiero, Lou.

Hablarle ahora de Andy Warhol, de la Factory y de aquellos años no resulta fácil.

Ya sabes que todo lo que teníamos que decir de Andy lo hicimos  John Cale y yo en aquellas canciones por “Drac”. Sí, a Andy le llamabamos Drácula, porque siempre te chupaba la sangre, lo mejor de ti. Aquellos tiempos eran diferentes, porque no existía el Sida. Así de sencillo.

Loues es infinitamente curioso y siempre te pregunta mucho. Una vez quería saber si Michael Jakcson seguía con su proyecto de hacer una película sobre Edgar Allan Poe, antes claro de que terminara su proyecto “The Raven”, donde descubrió al actual Anthony.

Lou siempre estará loco por Edgar Allan Poe. Una vez me confesó que había leido “Le Duc de L´omellette” unas quince veces. Un disparate.

Otras veces te  cuenta anecdotas tiernas que te llevan a la lógica humanidad de tus ídolos juveniles. Iconos que los veías como perversos y misteriosos, pero que la verdad de la vida te los acerca adonde estamos todos.

Por ejemplo, una vez me contó en Londres, al preguntarle por Bowie:

Hace una semana pagamos una fortuna por las entradas de reventa de “El rey león”. Fuimos con los Bowie. Es decir, David, Imán, mi Laurie y yo. Nos gustó.

¿Se imaginan semejante cuatro viendo “El rey león“ en una butacas de un teatro de Times Square o Broadway?.

De Laurie Anderson no habla más que maravillas:

Es una mujer muy inteligente, muy sensitiva y me da lo que más quiero.

Las cosas cambian,Y como cambian. Jamás pude soñar con un Lou Reed absolutamente feliz casado, a punto de cumplir los 65 años, en la hora de la jubilación.

Como David, Lou es otra persona. Se ha dado cuenta de que lo más  interesante es seguir viviendo.

Totalmente recuperado de todas su adicciones, con las cosas claras en la vida y con un amor desmesurado por el gimnasio, vive tranquilo en su querido Lower East Side. Acaba  de exponer todas las fotos que ha recopilado de la “gran manzana”.

Incluso ha logrado desembarazarse de su carácter noctámbulo. Antes vivía de noche y dormía de día. Ahora es al revés.  El Lou Reed del siglo XXI exige que todos los hoteles donde viaja tienen que tener gimnasio.