Parecía que los se habían recuperado del envejecimiento y el estado catatónico de los años noventa, cuando un dueto entre Nat King Cole y su hija ganaron los premios más importantes.

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Actuación de Kendrick Lamar

Los premios sólo eran para viejos, porque sólo votaban los viejos. Se impuso un cambio y hace diez años, con una nueva generación parecía que se levantaban.

Pero no. El momento caótico que vive la música norteamericana , la música del Pato Donald Trump , se traduce en una absoluta ausencia de talento , tan sólo representada por el rapero Kendrick Lamar, que es el rey de los sordos, en un país de sordos, con los negros del hip-hop  como absolutos dueños  del cotarro, de la industria.

La prueba es que la canción del año la ganó un inglés Ed Sheeran, con la peor letra que se conoce en la historia de los vencedores de los Grammys. Y el “disco del año” para otro productor inglés, Mark Ronson 

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Baste con señalar que sólo ocho premios competitivos se entregaron en la pésima gala de la CBS. Eso, simplemente, significaba, que los premios no incitaban a que se viera un gran espectáculo. Se prefirió un recordatorio de los muertos . Desde Bowie, Glenn Frey, Maurice White y Lemmy  Kilmister.

Pero hasta los homenajes se tradujeron en unos esperpentos. Lo peor del evento fue Lady Gaga de Bowie. Demi Lovato en el homenaje a Lionel Ritchie y Jackson Browne con los Eagles, en homenaje a Glenn Frey, amén de no haber contado con Don Felder, el autor de “Hotel California” .

Por fallar, falló hasta Adele , con el error de la “cuerda-piano”, con lo que jamás pudo estar tranquila. un horror.

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Los Grammys están muertos. Hablan de unos Estados Unidos al borde del precipicio con otros dos aspirantes a presidentes del populismo, de las horas de la ignorancia. ¿A qué nos suena?. La muerte de las artes.

Jamás , jamás, había visto unos Grammys tan lamentables . Y os juro que he visto muchos.