Artículo de JULIAN RUIZ PUBLICADO EN EL DIARIO EL MUNDO, EL 22 DE OCTUBRE DEL AÑO 2014

El fundador de Pink Floyd fue primero un tirano aficionado a humillar y estafar a sus compañeros y, después, un competidor desleal que quiso sabotear a su banda. Y siempre, un golfista entusiasta en Sotogrande.

No se sabe mucho , pero Roger Waters juega bastante al golf en Sotogrande. De hecho, la última vez que le vi fue allí, en el club Náutico. Y lo sabía desde bastante antes, porque una vez tuve que entrevistarlo en el hotel Alfonso XIII de Sevilla e iba camino a Sotogrande. Roger Waters es un loco del golf, un apasionado del “green” y un ‘fan' eterno de Severiano Ballesteros, su jugador favorito. También lo sé, porque me lo dijo la primera vez que lo conocí. Fue en el ‘backstage' de un festival veraniego, en Weeley, en el mes de agosto de 1976, cuando Pink Floyd estaban grabando el álbum ‘Animals' (1977). Es curioso la de ocasiones que nos hemos encontrado -recuerdo también una fiesta de los Who, en Cannes-.

Viene al caso, porque en, al menos tres ocasiones, le pregunté por qué decidió acabar con Pink Floyd aquel mes de abril de 1983. No falla. Siempre me ha contado la misma historia. A finales de la gira de ‘Animals', a la que llamó ‘In the flesh', cuando el famoso cerdo rosa volaba sobre nuestras cabezas, hubo una reunión oficial en la oficina del mánager de los Floyd, el solemne Steve O'Rourke, el mismo que casi los llevó a la ruina con un puñado de muy malas inversiones en fondos de capital riesgo.

Roger Waters, que, por supuesto, ya se había convertido en el puñetero amo del grupo, les presentó a Dave Gilmour, Rick Wright y Nick Mason dos historias con canciones que había escrito en su mansión en el campo, no muy lejos de la casa de Eric Clapton y no demasiado lejos del castillo Highclere, el mismo de Lord Carnavon, el patrón del descubrimiento de la tumba de Tutanakamon.

Una era la historia de ‘The pros and cons of hitch hiking' y la otra era ‘The wall', que era casi la historia de su vida. David y Rick se entusiasmaron con la idea de ‘The wall', pero el mánager O'Rourke prefería la otra. En ese momento, Roger Waters se dio cuenta de que podía manejarlos a todos como quisiera. A todos los tenía comiendo en su mano, como palomos domesticados.
La guerra de ‘El muro'

Se hizo ‘The wall', en medio de una tensiones terribles. Roger se había convertido en un dictador en el estudio, un hombre con un carácter insufrible. Sólo era respetuoso con Dave Gilmour, porque dependía mucho musicalmente de Dave, superior técnica e instrumentalmente. Nick no era enemigo, pero el pobre Rick Wright, siempre tan humilde, tan callado, con su suave temperamento y sus maneras tan hippies se había convertido en el ‘punching ball' de Roger. Le gritaba, le llamaba vago y le humillaba delante de James Guthrie , el ingeniero, o del productor Bob Ezrin. Rick se callaba, miraba hacia el suelo y tocaba, poco, algo, lo que le dejaba Roger.

Rick Wright era una persona maravillosa. Nunca me olvidaré porque llegamos a ser, de alguna manera, bastante amigos. Tuve un almuerzo inolvidable con Rick en el restaurante del hotel Santo Mauro cuando vino a Madrid, en octubre de 1996, para promocionar su delicado álbum en solitario ‘Broken China'. Me contó atrocidades de Roger, incluso perversidades. Por ejemplo, su grosera manera de insultarle delante de los demás o de dejarle en ridículo como músico ante los demás, cuando Rick siempre fue el mejor dotado musicalmente del grupo. Incluso me contó cómo le echó del estudio en Los Ángeles, en los Cherokee. Y lo más ignominioso: cómo hizo que Steve O'Rourke le pagara una miseria para que el pobre Rick perdiera todos sus derechos en Pink Floyd y quedase así relegado a ser un simple empleado. No me quiso decirme la cifra. Yo creo que le daba vergüenza.

Curiosamente, Wright fue el único que no perdió dinero en la fastuosa y carísima gira de ‘The wall', precisamente porque tocó como músico empleado. Aquella ruina fue otra de las razones por las que Roger Waters creía que era su momento de volar sin los demás. Naturalmente, Roger se aprovechó escrupulosamente para hacer un poco más de lo que le dio la gana en lo que se presumía que iba a ser el último disco de Pink Floyd, el horrible epílogo de ‘The final cut'. Una paja mental de Roger Waters sobre la guerra, sobre Margaret Thatcher, sobre las Malvinas y, otra vez, sobre la historia de su padre, que no conoció porque murió en la batalla de Anzio, durante la II Guerra Mundial.
La versión Waters

Roger Waters me negó que tuviera problemas con los demás chicos de la banda durante la grabación de ‘The final cut', pero en otra entrevista con Gilmour, Dave me contó todo lo contrario. Dave me decía que en la mayoría de las ocasiones eludía a Roger y grababa sin que “el dictador” de su cantante estuviera presente. Como necesitaba a Gilmour para el “sonido Pink Floyd, en esta ocasión su presa fue Nick Mason, al que le ridiculizó como músico y como persona. Fue en el tema “‘wo suns in the sunset'. Roger quería que tocara un ritmo de 5/4. Dadas la limitada técnica de Nick, era imposible. Roger, delante de todos, llamó al batería de estudio Andy Newmark para que sustituyera al pobre Nick. Gilmour protestó y se negó a tocar el solo de guitarra que tenía previsto Roger, así que éste lo sustituyó por un solo de saxo de Raphael Ravenscroft. Otros músicos de sesión tocaron en el disco que le dio la ganar hacer a Roger.

La formación ‘setentera' de Pink Floyd.

Lo más patético es que Roger inventara toda una estrategia para que Dave Gilmour no apareciera en los créditos como productor e impedir que así cobrara ‘royalties' de lo que Roger pensaba que era “su obra”. Dave se tuvo que conformar con un cheque que le ofreció Roger. Todo el odio sobre Roger, Gilmour lo depositó en su álbum en solitario ‘About face', meses más tarde. Para colmo, con todas las maravillosas portadas que había hecho Hipgnosis para Pink Floyd, Waters decidió que la portada de ‘The final cut' la hiciera su cuñado Willie Christie. Así ponía el punto final al disco más triste de la historia de su banda.

Los primeros meses del año 1984 fueron decisivos. Roger Waters decidió unilateralmente acabar con Pink Floyd. ‘The final cut', como el título presagiaba, era el fín de Pink Floyd. Roger volvió a jugar sucio. Se reunió con el mánager Steve O'Rourke y le dijo que lo necesitaba para su carrera en solitario ya que ya había mandado cartas a Emi y y CBS, sus dos compañías, comunicándoles que había decidido que no habría más discos de Pink Floyd. Steve se quedó estupefacto. Pero no traicionó a David ni a Nick. Estaba clarísimo que Roger quería liquidar al grupo de su vida, porque sabía que, si dejaba que Pink Floyd le sobreviviera, siempre tendría al enemigo en casa. La marca del grupo era mucho más poderosa que el atractivo de un simple disco de Roger Waters. Quería acabar con su propia sombra, tal era su ambición personal.
Matar a Pink Floyd

La última reunión que Roger tuvo con David y con Nick -Rick ya no tenía nada que decir legalmente- fue en un restaurante japonés. Roger se llevó una gran sorpresa cuando se dio cuenta que ni David ni Nick querían que liquidar definitavemente a Pink Floyd. No estaban dispuestos a firmar una muerte oficial, un acta defunción.. La guerra no había hecho más que comenzar. Ambos bandos se enfrentaron en una serie de batallas legales durante varios años. Los oponentes gastaron auténticas fortunas en la disputa.

A mediados de 1986, David Gilmour convenció a Nick Mason de que había que hacer un nuevo disco sin Roger, pero con Rick Wright. Al fín al cabo, ya habían vivido una situación semejante cuando echaron al fundador del grupo, Syd Barret, cuando quedó diagnosticada su enajenación mental. David llamó a Rick para las grabaciones y se firmó un contrato por el que Rick cobraría 11.000 libras cada semana de grabación. Luego, lo reintegraron legalmente al grupo. Ese fue el génesis de un nuevo disco de Pink Floyd llamado ‘A momentary lapse of reason'.

Mientras, Roger Waters seguía en su afán de interponer querellas a los tres, con la débil posición de que él ya no estaba en el grupo. Su estrategia fue la soberbia y la ira. Fue perdiendo una a una todas las batallas judiciales. Incluso llegó a la High Court , al Tribunal Supremo británico. Cuando perdió el último envite, sólo le quedó el consuelo de hablar mal de los discos de Pink Floyd, mientras su carrera se iba disipando poco a poco, hasta el fracaso de su ‘opera' (es un decir) sobre la revolución francesa, titulado ‘Ça ira'.

Ultimamente, no ha tenido más remedio que recrear en directo, con una representación un tanto grotesca y ‘kitsch', ‘The wall'. Nada que ver con aquellos conciertos originales que uno vivió en Londres.
La campana de la división

Pink Floyd, a partir del retorno de Rick, volvió a tener éxito y enormes satisfacciones con su giras. Sobre todo, con la primera, que duró tres años. En 1993, Dave, Rick y Nick volvieron a grabar otro álbum. Lo llamaron ‘The division bell', como un apéndice de la campana que funciona en la Casa de los Comunes y una referencia a las disputas con Roger. Iba a ser un álbum doble, muy inspirado en la esencia de la absoluta obra maestra que era ‘Echoes' en el álbum ‘Meddle'. La primera parte apareció en marzo de 1994 . Ahora, en noviembre aparece la segunda parte, en homenaje al gran Rick Wright, que murió en en septiembre del 2008. Se llama ‘The endless river' y es una pequeña obra maestra del sonido de Pink Floyd.

Me acuerdo de aquellas frases de Rick , en su genial tema ‘Remember a day', en “A saucerful of Secrets” ,el segundo álbum del grupo. Unas frases que siempre me acercan constantemente al mundo de Pink Floyd. Decía Rick:

“Recuerda un día antes de hoy Un día cuando eras joven Libre para jugar junto al tiempo”

La mansión de Roger Waters , en los Hamptons, en Long Island, en el lugar más caro de los Estados Unidos, con Helicoptero perpetuo en un aeropuerto cercano.