Hoy hubiera cumplido el pequeño de los hermanos Gibb 60 años. Pero murió joven. Cadáver exquisito.

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El bar de Debbie, en San Antonio, en Ibiza, ya no existe, pero Alfredo Rubí Dávila recuerda increíblemente la noche en que Andy Gibb, con tan sólo 13 años y el simple acompañamiento de una guitarra, empezó a siluetear las memorables melodías de los Bee Gees, las melodías de sus hermanos.

Alfredo me asegura que Andy iba de aquí para allá e incluso le llegaban a pagar hasta unas mil pesetas por tocar algunas canciones de los hermanos Gibb. Andy decía que en pocos años se convertiría en uno de los Bee Gees.

Estabamos en 1972, vivía Franco, pero en la lenta agonía del régimen, Ibiza era como la isla de la libertad. Eran los tiempos en que las discotecas Pachá y Amnesia se convertían en templos sagrados de una nueva religión hedonista más sofisticada que el aparente “hippismo” de aquellos años. Los padres de Andy, Hugh y Barbara habían encontrado allí el Shangri-La que no pudieron tener en la fría Isla de Man, de donde procedían. Andy era como el Orfeo de la isla.

Pero como Orfeo, a Andy Gibb le cambió la vida su propia Euridice, es decir, la “actriz” Victoria Principal, el amor de su vida, la Pamela Barnes de la serie televisiva “Dallas”. De las pocas veces que he hablado de Andy con sus hermanos, sobre todo con Barry, siempre tuve la misma respuesta: ”Victoria fue la culpable de la muerte de nuestro hermano”.

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Robin, menos diplomático que Barry y bastante más agresivo, me contó que Victoria fue quien introdujo a su hermano en el mundo de la cocaína, con depravación moral o la distorsión del éxito a través de las drogas, un peligro más en el mundo del pop.

El malogrado Maurice, hermano gemelo de Robin, me dijo consternado que su hermano era un angel , que no supo nunca adivinar o incluso intuir los tópicos de la maldad.

Andy conoció a Victoria, un 6 de enero de 1981, en el show de John Davidson. Su amor juvenil, la rubia Kim, con la que había tenido una hija, ya le había abandonado. Aunque salía con la actriz británica Susan George, Andy quedó descolocado con Victoria. Andy era un triunfador. En tres años, había disfrutado de cinco temas en la cabecera de las listas de venta de todo el mundo y se había convertido en el príncipe de los ídolos del pop. Su fortuna se calculaba en unos 10 millones de dólares y sólo tenía 22 años. Victoria le sacaba ocho años de diferencia. Acababa de cumplir 30 y, desde luego, su éxito no televisivo no era tan generoso económicamente.

Andy se volvió loco de amor por Victoria. Un amor marcado por las muescas de una drogodependencia, en que Andy confundía el sexo con los narcóticos. Robin me aseguró que fue ella quien le daba la cocaína de diez en diez gramos. Conocía a todas las malditas pirañas de los “dealers” de Hollywood e incluso los trataba con una naturalidad exultante. Cortaba el polvo con la maestría de un “chef” de Benihana. La cocaína fue la diosa omnipresente del joven Orfeo.
En plenas celebraciones al culto profano del polvo blanco, Victoria le había contado que el Rolling Stone, Keith Richards, durante el tiempo que pasó detenido en Canada por posesión de drogas, no paraba de cantar “All I have to do is dream”, el viejo éxito de los Everly Brothers de 1958. Para el guitarrista de los Stones era como una terapia.
Andy hizo cantar (¿) a Victoria con una versión grotesca del “Al I have to do is a dream”. Fue el estreno de ambos en el mundo de la música y un solemne fracaso que no pasó del numero cincuenta en la listas de éxito. Se convirtió además en su epitafio discográfico, el último disco que grabara y se publicara oficialmente, tras tres álbumes que habían vendido casi tres millones de ejemplares.

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El descalabro artístico supuso el final de la relación de la pareja. En marzo de 1982, Victoria le dijo a Andy que no podía soportarle y que no le quería ver más. La malas lenguas hicieron entender que Victoria se había hartado del “niñato” y prefería a su cirujano plástico y “proveedor” Harry Glassman. Andy no reaccionó . El cansado Orfeo bajó efectivamente al inframundo. Pasó tres días borracho a punto de un coma etílico y su corazón se iba deteriorando por la presión de la cocaína. El ritmo cardiaco de su vida se aceleró hasta un grado insoportable.

En su encendida huida con el polvo blanco, Andy comenzó a participar en series de televisión esperpénticas, como Solid Gold o uno de los últimos shows de Bob Hope. En uno de ellos llegó a perder el sentido y trasladado a un hospital barato de Los Angeles. Fue entonces cuando su madre Barbara decidió volver a entrar en la vida de su hijo Andy, que sólo tenía 26 años y más bien se asemejaba a una especie de piltrafa humana, exageradamente delgado, tibio de cabeza y perdido en un desierto de ideas.

Con el dinero de su hermano Barry y la atención de su madre, Andy ingresó en el centro de rehabilitación Betty Ford en la primavera de 1985. Casi se pasó dos años entrando y saliendo del centro. Al parecer, la segunda rehabilitación hizo efecto y detuvo la hemorragia de los mil dólares al día que gastaba Andy en drogas. Dos años antes de morir, tenía tan sólo 7.755 dólares en su cuenta. La misma cuenta en que había tenido su primer millón de dólares con tan sólo 21 años.

Rescatado de su propio inframundo, Andy empezó a tomar lecciones de piloto de avión. Una especie de locura para su hermano Robin, que le tenía más o menos controlado en su casa de Miami. Pero Andy logró el título de piloto en 1987 ante el asombro general.

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Ya sólo queda el hermano mayor, Barry

Barry me dijo que en aquellos días, el verdadero problema de su hermano ya no eran ni el alcohol ni las drogas, sino que simplemente, no sabía como funcionaba la vida, no tenía ninguna perspectiva de cómo encararla o siquiera defenderse de ella.

Más tarde, Barry convenció a Chris Blackwell de Island para le firmara a Andy un nuevo contrato discográfico. Chris era muy buen amigo de Robert Stigwood, el manager principal de los Bee Gees, que ya no quería seguir invirtiendo en las perversiones de Andy. Blackwell quiso que Andy trabajara en Londres. Esta vez, Robin le puso a su disposición la casa que tenía en Chancery, en Oxfordshire. No se puede demostrar, pero es muy posible que el 5 de marzo, el día en que cumplía 30 años, Andy volviera a las andadas. Era como de nuevo visitar al amanecer a su viejo dios Dionisio.
Cuatro días después, Andy se retorcía de dolores en el pecho. Su madre se asustó y llamó a un ambulancia. Andy ingresó aquella misma tarde en el John Radclife Hospital de Oxford. Andy protestó cuando le dijeron que su madre no podía quedarse esa noche con él en el hospital, porque las normas no lo permitían. Sobre las ocho de la mañana del día siguiente, el doctor le dije que necesitaba más análisis de sangre. Andy no protestó, pero al ver como le sacaban sangre perdió la conciencia. Momentos después dejó de existir. Había muerto a causa de una pericarditis, provocada por una infección viral, que dada la precaria fortaleza de corazón fue definitiva.

Diás después su cuerpo voló a Los Angeles y enterrado en el Forest Lawn de Hollywood, el mismo cementerio de Michael Jackson. Testigos presenciales en la ceremonia vieron como los hermanos Gibb prohibieron la entrada al coche de Victoria Principal. Como decía Platón en la muerte de Orfeo, los dioses del infierno no le dejaron si siquiera una última aparición de Euridice.