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La estrella del pop le ha contado a Vogue Australia que la floja reacción del público a su quinto disco (“Witness” 2017) le sumergió en una depresión que le llevó a una profunda búsqueda y meditación.

“Tuve episodios de depresión situacional y mi corazón se rompió el año pasado porque, sin saberlo, puse tanto valor en la reacción del público, y el público no reaccionó de la manera que esperaba”.

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El “bajón” provocó incluso que buscara ayuda y asesoramiento en el Instituto Hoffman de San Rafael, California, donde se sintió recargada y revitalizada.

“Esencial y metafóricamente, todos somos computadoras y, a veces, adoptamos estos virus a través de nuestros padres o mediante la educación que recibimos o no crecimos. Estas tendencias tóxicas pueden comenzar a desarrollarse en nuestro comportamiento, en nuestros patrones de adulto, en nuestras relaciones”.


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Katy estaba tan impresionada con el tratamiento que recibió en el Instituto Hoffman, que comenzó a entregar certificados de regalo de la institución a sus amigos, instándolos a buscar ayuda allí en caso de necesitar un cambio en sus vidas o cambiar su mentalidad.

Y admite que el mayor progreso que obtuvo fue darse cuenta de que no tenía que ser un desastre emocional, una sufridora o atormentada, para ser una cantante y compositora exitosa.

“La mayor mentira que nos han vendido nunca es que nosotros, como artistas, tenemos que sufrir para crear”, sentencia Perry.