Hoy 10 de enero de 2017, primer aniversario de la muerte de David Bowie, recuperamos en PYD lo que escribió Julián Ruiz sobre su figura y sus encuentros.

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Claro que estoy muy afectado. Era mi amigo, mi ídolo. No sólo se encoge el alma, es algo peor. Es que jamás volveré a escuchar y analizar una canción suya. Es terrible.

Se me escapa el corazón como en un horrible accidente.¿Qué puedo decir con estas líneas? Pues es que he perdido a la persona más inteligente que he conocido en mi vida. Al personaje con más talento, con más ambición, con más sentido de la vanguardia en todas las direcciones artísticas. Pero como decía Kubrick, hasta el más inmortal de los seres humanos también muere.

Jamás en todas las ocasiones que he estado con David he sentido su típica acidez o aspereza con los entrevistadores. Muy al contrario fue bondadoso, hasta muy cariñoso conmigo.Quizá porque nos veíamos a menudo, por promoción o conciertos, a partir de su enorme éxito con “Let's dance”.

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En el estudio , en la grabación de “Let´s dance” con Steve Ray Vaughn y Nile Rodgers

Fue cuando llamó por vez primera a Lazarus. Si no llega a salvarlo su fiel Coco y un ejecutivo de EMI América, David hubiera muerto, porque la heroína superaba con creces las infinitas tasas permitidas. Pero, afortunadamente, resucitó y Bowie fue una persona más sana. Aunque nunca dejó de fumar. El vicio que le ha llevado hasta el final con Lazarus.

Me contó que por amor a su hija Lexi dejó de fumar hace 13 años. Lexi tiene ahora 15 años. Pero para evadir al vicio, me reconoció que su esposa Iman le obligaba a fumar en la terraza par salvar a su hija del humo. Una noche de enero, en su dúplex de Nolita, en Nueva York, mientras se fumaba su cigarrillo reglamentario, empezó a sentirse un imbécil. Estaba pasando un frío enorme por culpa de un vicio estúpido. Dejó el cigarrillo y jamás volvió a fumar.

Con los años, su aerofobia ha ido en aumento. Dejó de viajar en avión hace 25 años. Le pregunté en qué gastaba su tiempo en la semana de travesía de Nueva York a Southampton. Y descubrí que se había convertido en uno de los más increíbles conocedores de cine mudo. De Griffith a Einsestein. De hecho lo que ahora me parece terrible en su último vídeo, es su escenografía del Fausto de Morneau. Tremendo cómo actúa, cómo gesticula,  como en el cine mudo. Como buen mimo conocía toda la técnica. Me dijo que tenía más de 200 películas de cine mudo.

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Con su finísimo sentido del humor inglés me llegó a contar cómo se vengó de la editorial de My way, el éxito que cantó su “crooner” favorito, Frank Sinatra. Él fue quien hizo la primera versión en inglés de My way. Aunque se ha dicho que la llamó Even a fool learns to love, finalmente la llamó Life on Mars?.

Imagínense a Sinatra preguntándose si había vida en Marte. Paul Anka acabó dándole forma e inglés a My way y David, con ayuda de Rick Wakeman, le dio la vuelta y copió los acordes en su Life on Mars? para su álbum Hunky Dory. Toda la anécdota me la contó entre risas y sarcasmo. Hablaba para su amigo; desde luego no para un periodista. Aquella hora maravillosa que pasé con David en un hotel de Londres, en septiembre del 2003, siempre se quedará filmada en mi cabeza.Entre las risas de Life on Mars?.

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Al hilo del humor, me contó cómo hacía poco había ido con su gran amigo Lou Reed y sus respectivas esposas a un teatro de Broadway para ver El rey león. ¿Se imaginan a David, Iman, Lou y Laurie Anderson, los cuatro cantándo las canciones de Elton John? Me lo contaba y me moría de la risa. Pero él también.Era un maravilloso narrador, con esa voz profunda, perfecta, llena de atracción como ya lo había demostrado en su narración de Pedro y el Lobo de Prokofiev. Además, poseía la típica educación inglesa de origen victoriano. No lo decía, pero siempre era el dandy en persona. Tampoco lo decía, pero tenía la vida, obra y milagros de Oscar Wilde en su cabeza. Como un destino, una manera de vivir.

En sus perversos tiempos de mimo con Lyndsay Kemp y Celestino Coronado, pretendió aprender español, pero al final no le interesó. Cuando apareció en el Rainbow, en agosto de 1972, con el mimo de Kemp para presentar Ziggy Stardust, con Roxy Music de teloneros, es cuando conocí por primera vez a Bowie, gracias a mi querido y ya desaparecido Mario Pacheco. No pude estar más nervioso. Me sudaban hasta las manos. Han pasado muchos años, pero siempre quise saber qué extraña sustancia conformaba el suelo del escenario y que parecían cristales.

Finalmente, me contó Bowie que era sal gorda, la que se usa en las carnicerías. Confesó que aquel suelo le costó una fortuna, pero para mí era magia, algo increíble, como su ilusión por el verdadero sentido del arte.

En estos últimos años no me he acostumbrado a dejarle de ver, de que no pudiera sugerirme grandes promesas como siempre me aconsejaba. Su último descubrimiento fue Arcade Fire.

Jamás me olvidaré de un gesto de cariño, de amistad, cuando con toda delicadeza me puso unos cascos, porque el estruendo de Nine Inch Nails, sus teloneros, de aquella noche de octubre, iba ser insoportable. Aquel detalle personal es imposible de olvidar.Ahora, este mundo musical sin él va ser insoportable. Aunque como decía John Lennon de los Beatles, nos quedarán los discos de David. Hasta el propio Bowie decía: “No sé cuando me iré de aquí, pero prometo que jamás seré aburrido”.

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