Decía Arthur C. Clarke que convivimos con al menos treinta fantasmas en nuestra mente. Aseguraba que la mitad son malos, pero hay otros quince maravillosos. Uno de mis fantasmas favoritos me persigue desde el año 1972. Exactamente, desde el sábado 19 de agosto. Justo en el desaparecido Rainbow Theatre , en Finsbury Park , con su estación de metro para el viejo campo del Arsenal y cerca de la casa de Roger Waters, donde compuso “Money”.

Aquel día fue la primera vez que vi a David Bowie en directo. Era el verano del fabuloso “Ziggy Stardust”. Ha sido el concierto que más me ha impresionado en mi vida. ¿Por qué?. Por el escenario, con increíbles composiciones a base de tubos metálicos. Aparecían personajes medio desnudos que David llamaba The Astronettes.

Todo dirigido Lindsay Kemp, el profesor de mimo que había tenido David. Me impresionó el suelo, absolutamente blanco, como cristales que reflejaban la iluminación de colores. No supe de que material hasta que me lo contó el propio David. Era sal gorda, la más gorda la de la carnicerías, que le había costado una fortuna. También por primera vez vi a Roxy Music, a Brian Ferry vestido con plumas y con un todo-pintado Brian Eno. Inolvidable.

De vuelta a Madrid, la otra realidad era brutal. En la radio sonaba Mari Trini con “Yo no soy esa”, luchando contra una sociedad homofóbica. Miguel Ríos, con su éxito “El Río”, compuesto por Fernando Arbex, ex-lider de los Brincos. Joaquín Luqui y Nacho Artime eran mis compañeros de “El Gran Musical” en aquellos días. Les conté grano a grano de sal lo que había visto y sociológicamente lo que arrastraban Bowie y Roxy Music. Chicos vestidos como mujeres, pintados con lápiz de labios, con “glitter” plateado. Era el “Glam Rock”. Luqui le puso el diabólico nombre de “Gay power”, ya que a continuación Bowie producía a Lou Reed y “Walk on the wild side” se traducía en un éxito de orgullo gay.

JESUS Y CAMILO

Por aquellos días, Nacho Artime traducía palabra a palabra, nota a nota, el exclusivo y asombroso éxito que era “Jesucristo Superstar”. Pero, ¿quien se atrevía a poner dinero en aquellos años y enfrentarse hipotéticamente con la Santa Iglesia?. Camilo Sesto, que vendía todo lo que cantaba, se atrevió a ser Jesucristo en los escenarios. Tengo que reconocer que fui el culpable de que Teddy Bautista representara a Judas. Teddy había disuelto a los Canarios, se había comprado el fabulosos Mellotron y trabajaba con el duo belga Jess and James. Se dijo que Camilo invirtió 18 millones. Durante cinco meses fue un gran éxito. Carlos Juan Casado, como gran amigo de Teddy, siempre fue un soporte, como ejecutivo de Ariola, ya que Camilo y Teddy eran artistas de la misma compañía.

Fue Carlos Juan Casado quien me presentó a Donna Summer. Estaba destinada a ser la musa de la “música disco”, que se había convertido en un torbellino de tendencias en las discotecas de toda Europa. Conocí a Ladonna, su verdadera nombre, en una discoteca de la Plaza de España a mediados de los años setenta. Traía de la mano su canción de éxito en Alemania “Love to love you baby”. Era la obra maestra de la música disco creada por Giorgio Moroder, un italiano nacido en el Tirol, con una enorme inteligencia musical. Había logrado un éxito con su tema “Looky Looky” que a Joaquín Luqui le servía como sintonía de sus apariciones radiofónicas. Moroder lograba muchos éxitos para otros , hasta instalarse en Munich y construir el estudio que se convertiría en el “santa sanctorum” del nuevo estilo. Giorgio lo llamó Musicland y en una de eses paredes se podía leer “120 beats per minute”. Era el tiempo del éxito, la marca de Moroder. Hizo un imperio. La “disco” había nacido en Alemania. Con Donna Summer y con las producciones de Fran Farian y su Boney M.. Todo acabó mal con el escándalo de Milli Vainilli, en los ochenta.

La moda incluso atrapó a los Bee Gees. Robert Stigwood, la mano derecha de Brian Epstein, el manager de los Beatles, los había descubierto en Australia y pensó que podían competir con los mismísimos Beatles. Los hermanos Gibb eran de Manchester. A comienzos del año 1975, el fabuloso productor Arif Mardin había descubierto que con el falsete de Barry Gibb, un sonido de sintetizador, más los famosos “120 beats” podía revolucionar el mercado. Logró la gran evolución de los Bee Gees, con “You should be dancing”.

La explosión final se produjo pocos meses después, con una historia corta del periodista Nick Cohn, que había escrito el mejor libro sobre el pop de los años sesenta. La historia de Tony Manero y su “Saturday Night Fever”. Robert Stigwood repitió un enorme éxito con Travolta en “Grease”, pero “se la pegó” con un impresentable “Sgt. Pepper”, con los Bee Gees, más Peter Frampton, haciendo de los cuatro Beatles.

EL FAMOSO CASTILLO DE ELTON


Barry Gibb me contó que las canciones de las banda sonora del “Fever” no nacieron en América. Fue en un estudio a las afueras de París, donde Elton John lo había divinizado con su espléndido álbum “Honky Chateau”. Recuerdo que la primera vez que escuché a Elton John con su impagable “Your Song”, su voz me recordaba extraordinariamente a a la del gran José Feliciano. Pero era otro de mis fantasmas. Elton John se convirtió en el más grande artista de los años setenta. A mediados de la década, él solito vendía más del quince por ciento de todos los discos que se vendían en el mundo. Elton John no era una gran pianista, pero con las letras de su amigo Bernie Taupin y su formidables melodías nos tenía asombrados.

¿Habría que incluir a Pink Floyd en el movimiento de rock progresivo?. Podían estar validados junto con los notables discos de Yes o Genesis. Pero cuando apareció “Dark Side of the Moon” se salieron de la tabla. En febrero de 1973 tuve la suerte de asistir a la presentación que EMI había preparado en el Planetarium de Londres,en la famosa Baker Street. La música de Pink Floyd, el espacio sideral, me hicieron estar más cerca que nunca de las estrellas.


Otro fantasma fantástico fue el nacimiento del punk. La reacción más encendida del rock contra la sociedad. Una locura con moda. Una noche de 1976 , acudí a un pequeño club de Tottenham Court Road. Actuaban unos seres con “imperdibles” llamados Sex Pistols. Durante más de una hora, no dejaban de escupir, mientras tocaban y recibían la misma respuesta de la audiencia . Había manchas de pis por todos lados y la revolución sólo acababa de empezar.