tardó en comprender que para triunfar en el trasnochado arte del pop no le quedaba más remedio que provocar.

Primero se tiñó de rubia, porque como DIJO Madonna a las rubias les prestan más atención mediática.  Luego,  empezó a vestirse con montajes de moda estrafalarios, en la línea de Elton John de los años setenta, que era su línea.

He entendido mejor que nadie los razonamientos para que triunfara Stefani Germanotta –su autentico nombre- , pero llega un momento que los objetivos razonables del éxito y la fama –“The Fame” se llama su primer álbum- no justifican este grado esperpentico al que ha llegado la máxima estrella actual del pop.

Vestida como si fuera una langosta gigante, en la fiesta que dió tras su actuación en Londres, donde curiosamente, asistió Bruce Springsteen, la impresión que da Stefani es que simplemente ha perdido el punto del ridículo para consolidarse como una “freakie”, una mamarracha total o un personaje de un circo, en el momento que degrada a la música, a la cultura pop y traiciona a su anunciado femeninismo.

Lady Gaga se ha convertido en un adefesio grotesco, un personaje devorado por su propia ambición, aunque ella se crea que sólo es pura provocación. Eso se convierte en patético, porque su música tampoco es un legítimo reclamo de calidad. Más bien, todo lo contrario.


Abajo, la cima del mal gusto en ‘Bad Romance'.
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