presleyAquel extraño día de junio del 2009 acababa de despertarme, en  mi casa, en  St. Louis, tras otra noche de insomnio.  Encendí el televisor  y escuché decir al locutor: ”Ha muerto Michael Jackson”
Una mezcla de perplejidad, sorpresa y sobresalto me impulsaron a saber más, pese a que yo no soy precisamente un fan de Jackson. Mi música no tenía nada que ver con ese pop adulterado, sintético. Pero todas las emisiones normales habían quedado interrumpidas para dar siempre el mismo mensaje. Michael Jackson ha muerto de un ataque al corazón a la edad de cincuenta años. Ha muerto el rey del pop”.

¿Cómo que ha muerto el rey del pop? El único rey que ha habido y que habrá es . Mi asombro iba en mi aumento. Pero tenía que reconocer que repercutía en mi cabeza la coincidencia macabra en las muertes de los dos reyes. A los dos les falló el corazón, sumergidos en sospechas con drogas.Tengo que presentarme.

Me llamo Jack Gold. De mí, nadie puede decir que fui un mal cantante. Ya soy viejo. Ya no vivo como el rey del rock , pero a mis 74 años por lo menos puedo decir que he tenido unos años tranquilos y que me he ganado bien la vida con lo que que me gusta: cantar. Yo sé mejor que nadie que Elvis, a los cuarenta años, había arruinado prácticamente su carrera. Si hubiera continuado con semejante exceso de peso y cada vez más exhausto, habría llegado a convertirse en un payaso, un muñeco. La muerte convirtió a Elvis Presley en mártir. Y supongo que pasará lo mismo con Michael Jackson.

Naturalmente, yo estaba en Graceland aquella noche fatídica del 16 de agosto de 1977 . No nos lo pasamos mal con unos cuantos amigos. Recuerdo que Elvis tocó el piano, cantó, estaba de buen humor. Sobre las siete de la mañana, al amanacer, Elvis se puso jugar al frontón. Sobre las ocho de la mañana , todos nos retiramos. Ginger Alden, la nueva chica de Elvis, se despidió de nosotros y ambos se metieron en la mansión. Sabíamos que no dormían juntos. Cada uno en una habitación. Fue la última persona que vió a Elvis con vida.

A las dos de la tarde , Ginger encontró a Elvis en su cuarto de baño, desnudo, con restos de vómitos y tirado en el suelo en una extraña posición. Ginger llamó a la ambulancia. Pero el rey llevaba ya tres horas muerto. Se le había parado el corazón.

Es absolutamente falso que Elvis se quisiera suicidar. Lisa Marie , su hija, había llegado a Graceland para pasar unos días con su padre y eso le ponía excepcionalmente contento. Si es cierto que el rey había iniciado lo que él llamaba “el ayuno especial” dos días antes de su muerte. Me contó que pesaba 115 kilos y le había prometido a Ginger que esta vez rebajaría peso sin el tramposo “Ionamin”, un reductor de apetito, que durante años había sido su medicamento favorito. Quería rebajar peso a base de ejercicio y demostrarles a los médicos de la Lloyd, a los aseguradores, de que no existía de riesgo de deficiencia cardiaca.

Es mentira también que el doctor Nick le atiborrara a píldoras antes de morir. El doctor Nick quería a Elvis como si fuera su propio hijo. Además, el propio Elvis era un erudito en farmacopea. Yo ví que en su biblioteca tenía más de cien libros con textos médicos. Era como un experto. Si te dolía el estómago, la cabeza, sabía perfectamente lo que medicarte. A Elvis sólo le mataban esos terribles dolores de cabeza, a causa de su  glaucoma.

Se decía que Elvis se “picaba” por todo lo alto . Pero jamás se le encontraron marcas de agujas. Y si se lo metía por la nariz, ¿por qué no tenía las membranas abrasadas? Además, ¿cómo era posible que pudiera tragar tantas píldoras y aguantara todas las actuaciones y pudiera ganarte al frontón?. Tomaba las píldoras necesarias,  porque siempre tuvo la presión alta y estaba el maldito problema de la desviación de colon. Aunque  era el exceso de peso lo que realmente le tenía obsesionado. Me contó que durante la última gira, sólo dos de todos sus trajes se los podía poner. Uno de ellos,  el negro, le explotó en medio de su última actuación, el 26 de junio.  Y tuvo que ser, curiosamente, en Indianópolis, donde la RCA, su compañía de discos, fabricaba los discos. De vinilo, claro. La era digital aún no había llegado.

No me gustaba  que últimamente cantara ‘My way' para casi despedirse en los conciertos. La puñetera canción de Paul Anka y Fran Sinatra le tenía atrapado. Todo eso de la “cortina final” y sus efectos melodramáticos.

Últimamente, también le había dado por el misticismo y  por visitar de madrugada “la morgue” de Menphis y documentarse sobre detalles del embasamiento de cadáveres. Pero no es cierto que  el día que murió estuviera leyendo,  “El sudario de Turín”, ese tratado sobre Jesús y la evolución  de la teología cristiana . Tampoco pretendía una resurrección. Simplemente, no quería morir. Sólo quería dejar de ser Elvis Presley.

Elvis odiaba el olor de su cuerpo. Con tanto peso, sudaba y sudaba.  Utilizaba litros y litros de colonia,  como si fuera agua. El peso también le había hecho perder su gusto por la ropa,  fuera o no extravagante. Al final, fue como si dejara de interesarle y perdió el contacto hasta con Bernard Lansky, su sastre del Hotel Peabody, en  Menphis.

Incluso llegó a perder interés en grabar , que había sido otra de sus pasiones. Tenía harta hasta la propia RCA. Hacía un año, el caprichoso Elvis les había hecho construir un estudio en el Jungleroom de Graceland. A los pocos meses, Elvis había perdido todo interés por grabar nuevo material.

La última vez que se le grabó la voz a Elvis fue a las siete de la mañana del 31 de octubre de 1976, precisamente en el estudio que tenía en el Jungleroom. La canción se llamaba ‘He´ll have to go', el maravilloso tema de su admirado Jim Reeves, un cantante excepcional. La canción sigue teniendo una historia muy larga, porque hasta Elton John la interpretaba en los años sesenta, mucho antes de que la cantara Elvis o la hubiera tocado Ry Cooder.

Pero toda esa descomposición del fenómeno Presley  llega  de forma trágica como un reflejo de que Elvis se había convertido en un prisionero en Graceland. Irónicamente, contaba como uno de sus sueños incumplidos  el de no haber podido pasear nunca a Lisa Marie en su carrito de niño por las calles del Menphis e invitarle a un helado en la que había sido su cafetería favorita. Y se lamentaba constantemente: “si no puedo moverme, entonces es que estoy realmente muerto”. Elvis quería huir, escaparse. Estar sólo. Donde sus buitres particulares no desvariasen. Era tan indiferente al futuro como el tener un pie en el umbral de la eternidad.

Por cierto, es absolutamente falso que fuera el propio Elvis quien tomara un avión rumbo a Buenos Aires, dos horas después de su “muerte oficial”, utilizando el pseudónimo de John Barrows, que tanto había usado para hoteles y viajes. Es imposible , porque Elvis utilizó el nombre de Jack Gold, el mío, para tomar otro avión. Y no, no me fui a Argentina, sino a St. Louis, donde todavía vivo. Ah, por cierto, vigilar el cuerpo del último rey por si realmente no estuviera muerto. De nada.