, uno de los máximos impulsores de la música pop, normalmente en su vanguardia. El lince que sabía ver donde otros veían poco o nada. Uno de los creadores más hábiles para añadir lo experimental a la tradición de la música pop.

“Changes” fue una de las palabras con las que más se identificó al contumaz innovador, algo así como la “marca” de la casa. Se le llamó “camaleón” y “vampiro” no sin razón. El hombre de la perpetua evolución, a veces revolución. Alguien que intentaba mirar siempre hacia adelante sin dejarse seducir apenas por la nostalgia.

Un moderno o modernista constante (“Absolute Beginners”). Partiendo de sus orígenes jazz y blues (como saxofonista) y de la escena mod de los años sesenta – del aque también salió Marc Bolan- viajó rumbo al pop, a la psicodelia, el rock duro, el glam rock, la música disco o el tecno.

Aún con rasgos de oportunismo (“Young Americans”), sabía extraer de lo más avanzado las suficientes gotas de elixir como para hacer prosperar al pop. Desde un punto de vista heterodoxo fue el “supermod”, el avanzado tanto en gustos musicales como en imagen, que no se queda congelado en su generación y consigue permanecer y ser un referente para las siguientes.

Y de ese modo “tiró” todo lo anterior y llegaron cumbres como “Station To Station” o “Lodger”, posiblemente sus trabajos más creativos, sus intentos más logrados y personales. El hombre del triple salto mortal.

En esta cadena impenitente de cambios (a veces complicados de asimilar incluso para el fan) no todos podían ser lo suficientemente satisfactorios. Sus años 80 fueron flojos, caprichosos, acomodaticios.

Se dejaba querer tras haber roto en varias ocasiones muros y barreras en la década anterior – no sólo musicalmente sino a un nivel mucho más profundo, social- por la que básicamente va a pasar a la historia. Sus años sesenta fueron los del aprendiz “follower of fashion”, su tiempo de formación, no por eso nada desdeñable.

Y de la música de baile a las aceradas guitarras hard R&B de finales de los 80. Decidió cerrar la década en grupo, con una densa y arrolladora “máquina de hojalata”.

En los años posteriores continuó su búsqueda, mirando siempre hacia adelante (“1. Outside”, “Heathen”) aunque no siempre fructuosamente y a la baja, no cejaba en el empeño. Parecía una forzada cruzada personal por lo único, casi enfermiza, que podía llegar a ser agotadora.

Y cuando parecía que ya estaba acabado (graves problemas de salud que le impedían actuar en directo y hacer giras; interés por la pintura, literatura, o cualquier otra disciplina artística en detrimento de la música) regresó con el esperanzador “The Next Day”, seguido de este repentino, abrupto, fundido en negro con uno de sus mejores trabajos “Blackstar”, que le retrotrajo a la música jazz de sus inicios pero en versión adulta y progresiva.

Todo eso y mucho más fue y es David Bowie. “All The Young Mods” (casi parafraseando su éxito para Mott The Hoople) en perpetua mutación y puesta al día.