El 10 de abril del 77, en otro partido de futbol, en París. Bob Marley cayó lesionado. Tenía el dedo gordo de su pie derecho totalmente destrozado. En una clínica le detectaron una forma de melanoma maligno. Le aconsejaron que ese dedo tenían que amputarlo.

Se negó en rotundo. Los rastas no pueden quitarse ni una mínima parte de su cuerpo. Marley entonces fue cuando comenzó a huir hacia adelante.

Tres años después, el 20 septiembre de 1980, visitaba Nueva York por primera vez en su vida. Dos actuaciones en el Madison Square Garden.Vivía el lujo del hotel Essex House al sur del Central Park. Una mañana salió a hacer “joggin” y se cayó al suelo desplomado.

En el hospital quedaron horrorizados. El cáncer había avanzado en su metástesis al cerebro, pulmones, hígado y estómago. Le dieron un mes de vida. Ni eso le detuvo en su carrera hasta Jah. Tres días despuésactuaba en teatro Stanley de Pittsburgh. Sería su última actuación.

Desesperado  le dijeron que un viejo doctor comandante de las S.S. llamado Josef Issels obraba milagros con el cáncer en su clínica en Baviera, a las afueras de Munich. Marley pasó allí ocho meses. En la mayoría de las ocasiones desobedecía las ordenes médicas ni seguía el tratamiento. Perdía y pedía peso, casi no podía respirar y quiso morir en Jamaica.

Bob tenía miedo a volar en pequeños aviones. Así que su entorno no tuvo más remedio que convencer al pobre Chris Blackwell, su mentor y presidente de la compañía discográfica  Island, para que pagara los noventa mil dólares que costó el  747 de Lufthansa para trasladarlo a Jamaica. Pero estaba tan grave que tuvieron que aterrizar y meterlo en el Cedar de Miami.

Duró dos días. Su madre Cedella recuerda como empezó a sudar, pero dormía. Finalmente, mientras trataba de suministrarle  un calmante, comprobó fatídicamente que su hijo no respiraba. Rita llegó una media hora después de su muerte. Le enterraron donde su madre quería, donde nació, en Nine Miles, al norte de isla. Y allí está su cuerpo todavía, en un pequeño panteón.

Hace unos años, Rita me narró con exactitud con qué objetos  le enterraron: no faltaron su guitarra Les Paul dorada, un balón de fútbol, unos brotes de cannabis, un anillo que le había regalado el hijo de Selassie y, finalmente, una Biblia. Rita me confesó poco tiempo después que se había guardado unos cuantos “dreads”, cabellos de Bob y que los había esparcido  en Etiopía, adonde cree ella que a Bob le hubiera gustado volver.

Hace un par de años, Rita quiso exhumar el cadáver y enterrarlo en Shashemene, a unos doscientos kilómetros de Addis Abeba, donde todavía viven muchos rastas que pudieron abandonar Babilona. El gobierno de Jamaica lo prohibió, al mismo tiempo que este epitafio: ”Mi música lucha contra este sistema  de locos gobernantes que sólo enseña a vivir y morir”.