284 Actu expo Piaf CJOLa Biblioteca Nacional de Francia (BnF) en París invita a revolver en el baúl de los recuerdos de Édith Piaf, la gran diva de la “chanson française” curtida entre miseria, bohemia y aplausos.

Hoy, se han cumplido ciento dos años de su nacimiento.
La muestra “Piaf” sirve  para engrandecer el mito de la chica con voz poderosa y cuerpo diminuto (1,47 metros) que escupía en cada nota la tragedia de su existencia.
La  exposición que puede explorarse hasta el próximo 23 de agosto y reúne 400 artículos y curiosidades que repasan una vida sórdida y jovial.

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La muestra se ha construido a partir de los archivos donados por Danielle Bonel, inseparable secretaria de Edith Piaf.

A los objetos de su confidente , se suman partituras, manuscritos, fotos y grabaciones inéditas que culminan con el Óscar y el César que Marion Cotillard ganó en 2008 por dar vida a “La Môme” (“La vida en rosa”), de Olivier Dahan.

Édith Giovanna Gassion nació en París el 19 de diciembre de 1915, hija de un acróbata y de una jornalera de la canción que dio a luz en la calle, frente al número 72 de la empinada rue de Belleville, donde una placa conmemorativa marca el inicio de la leyenda.
Al menos, esa es la quimera que ella relataba, ocultando que, en realidad, llegó al mundo en el hospital Thenôn de París, como prueba su acta de nacimiento.

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Abandonada a su suerte, sobrevivió a una infancia de miseria y enfermedad entre prostíbulos y circos ambulantes, hasta que a los 14 años dejó a su padre para buscarse la vida cantando en los oscuros cabarés de Pigalle.

En aquellos días adolescentes tuvo a su única hija, Marcelle, que murió a los dos años y medio de una meningitis.
A los 20 años, el empresario Louis Leplée la descubrió en la calle y le dio el sobrenombre de “La Môme Piaf” (equivalente a “gorrioncillo” en argot francés).

Con él grabó su primer disco, “Les Mômes de la cloche”, y obtuvo cierto éxito, hasta que su mentor fue asesinado y volvió a quedarse sola.

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Deambulaba por la orilla del precipicio cuando conoció al compositor Raymond Asso, su nuevo mentor y amante, y a la pianista Marguerite Monnot, que le acompañaría durante toda su carrera y le daría partituras como “Mon légionnaire” o “Milord”.

La delicada y profunda Édith Piaf se convirtió de inmediato en una estrella.
Sin muchos méritos, apunta el comisario, tras la Segunda Guerra Mundial logró convertirse en un símbolo de la Liberación para una Francia que necesitaba volver a creer en sí misma. En aquellos días grabó “La Vie en Rose”, la gran canción de su vida.
Dos años después se lanzó a conquistar Nueva York y se enamoró del boxeador Marcel Cerdan, que murió un año después en un accidente de avión, lo que lanzó a Piaf a los brazos de la morfina.

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A él -probablemente su gran amor- le escribió “Hymne à l’amour”.
Convertida ya en una vedette a ambos lados del Atlántico, la exposición recuerda cómo en los cincuenta se casó con el cantante Jacques Pills, intimó con Charles Aznavour y amó a Georges Moustaki, mientras intentaba desengancharse de las drogas hasta que, llena de sombras y resplandores, su vida comenzó a apagarse en 1960, cuando abandonó la escena por prescripción médica.
Pero Piaf, que proclamaba que prefería morir a dejar de cantar, regresó en 1961 para reflotar el legendario Teatro Olympia de París con un concierto proverbial en el que estrenó “Je ne regrette rien” (No me arrepiento de nada) con amigos como Alain Delon, Paul Newman, George Brassens, Duke Ellington o Jean-Paul Belmondo en las butacas.

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“Me arrancó el corazón”, dijo Louis Armstrong de aquella inolvidable interpretación en la que Édith Piaf, con tez pálida y un vestido negro de escote en “V” y mangas ceñidas (que corona la muestra) hurgó en su pasado de alcohol, romances y morfina.
Poco después se casó con el cantante Théo Sarapo, veinte años más joven, y el 10 de octubre de 1963 falleció en una casa de campo en la localidad mediterránea de Grasse. Tenía  sólo 47 años.
Su cuerpo fue trasladado clandestinamente a París, donde al día siguiente se anunció que había muerto allí, siguiendo los deseos de la propia Piaf. Flanqueado por medio millón de admiradores, según las crónicas de la época, su féretro atravesó la capital francesa hasta llegar al cementerio de Père Lachaise, donde descansan sus restos.