BOB DYLAN, 70 AÑOS

Decía Dylan que no existe ni el negro ni  el blanco. Ni izquierdas ni derechas. Sólo hay un arriba y un abajo. Y es al suelo donde acostumbra a caer esta sociedad.

Era una manera de huir como profeta de la protesta o diácono de las izquierdas, a mediados de los años sesenta. Las respuestas ya no debían estar soplando en el aire.

Pero Dylan sigue siendo todavía es enorme columna de aire, donde todos miramos de vez en cuando para discernir que tipo de aliento sale de ella.

Un Dylan joven creía que se había hecho una verdadero revolución con la marcha sobre Washington de Martin King. Una revolución cultural sin  derramar una sóla gota de sangre. Pero llegó el asesinato de King, Kennedy y el sueño acabó. Caía la  dura lluvia atómica de Vietnam.

John Lennon estaba absolutamente convencido de que Elvis Presley había muerto cuando fue a Alemania a hacer el servicio militar. Es posible que también muriera en aquel accidente de moto, en su casa de Woodstock. Efectivamente, Dylan viajaba cómodamente en el Queen Elizabeth 2 cuando se produjo el Festival de Woodstock. Prefería la quietud de su familia.

Solemos morder a trozos sus diferentes épocas.Pero todavía no se ha podido detener la legión de “dylanogistas”, que ya se han transformado en una industria académica que trata  de encontrar un sentido sus letras. Es una industria más próspera que la que simboliza la de Ulises de James Joyce.

En cualquier caso, como en la película de Scorsese “No direction home” -una frase de ‘Like a Rolling Stone’– Joan Baez se ríe descaradamente de todos los que quieren explicar el significado de su espectacularmente opulentas y opacas letras. Porque Dylan tampoco quería darles un significado metafísico.

Creímos que nos iba a dar  magníficas respuestas en sus sensacionales “Crónicas”. Pero apenas han descubierto la medida de la grandeza de sus canciones . Prefería aclarar que su verdadera misión es quedarse aquí todo lo que pueda.

Hay una novela de Dylan que siempre ha pasado inadvertida. Se llama Tarantula. El nombre lo tomó prestado del poema de Federico García Lorca, “La guitarra”. “La tarantula teje la estrellas de seis cuerdas”. Eso fue lo que se compró en Sevilla, cuando estuvo en aquel despropósito llamado Festival de las Leyendas de la Guitarra. Uno retransmitía para la radio y me lo presentó Phil Manzanera. Fue una tarde de octubre de 1991,en el hotel Alfonso XIII. Jamás me olvidaré de haberle estrechado la mano. La mano viscosa, mojada de sudor de un genio.

Pero con aquellas manos sabía escribir a máquina con los diez dedos. Creo que Dios, en vez de tocarle en el hombro, le dió una patada en el culo. No podía evitar las maravillas que creaba.