Es difícil tratar de ser objetivo con mi amigo . Sólo él sabe cuanto luché por que lograra el éxito, el poder gustar a todo el mundo. Una ambición que siempre albergaba como cualquier otro maravilloso artista.

En fín, produje todos sus discos. Cinco álbumes complicados, fastuosos, pero desde la perspectiva actual: ambiciosos y muy interesantes.

Siempre me acordaré de aquella tarde que llegamos al aeropuerto de Heathrow, en Londres. Ibamos a grabar en inglés ‘Embrujada', porque toda la EMI en Inglaterra creía que era posible que la canción se pudiera convertir en un gran éxito en todo el mundo.

Un chofer no esperaba a la salida de la aduana. Nos tomó el equipaje y nos llevó al aparcamiento. Allí no esperaba un Bentley en color oro. Tino sonrió y me dijo: “Julí, creo que ahora si podemos decir que hemos triunfado”.

Londres siempre había sido su meta, su ciudad, su viejo sueño, su deseo más terrible. Y encima los ingleses le pedían que cantara en inglés. Es obvio decir que a pesar de grabar en Townhouse y de tener a Steve Lillywhite y Hugh Padgham, el ingeniero de Peter Gabriel, de Phil Collins,de Sting, a pesar de todo, los ingleses siempre prefirieron la versión en español. Natural.

Me emociono sólo recordando todo estos aspectos de las ilusiones, de los sueños de mi amigo Tino Casal. Porque por encima de todo, Tino era mi  amigo, quizá mi mejor amigo. El sólo sabe lo que le echo de menos.

Pero, como dice Fabio Mc Namara, él está allí encima de toda las cosas, feliz. Se murió joven cuando ya le daban miedo muchas cosas. Sobre todo, la madurez, a pesar de que íbamos a grabar en Japón, a pesar de que iba a hacer “El fantasma de la Opera” en teatro, a pesar de todo eso. Le tenía miedo a los 40 años.

Por eso prefiero recordar otro de los instantes cumbres en su vida. Otra vez, otro recuerdo de Londres, cuando grabamos en Abbey Road, en el estudio de los Beatles, el tema ‘Eloise'. Cuando pudo oir el arreglo de Andrew Powell, recuerdo que me dijo: “La música siempre debía ser así, para todos”.

Andrew Powell era un músico humilde, fabuloso. Hizo un trabajo sensacional. Eran como las diez de la noche cuando salimos de Abbey Road, Tino, Javier Losada y yo. Cansados, contentos. Afuera hacía frío, caí agua nieve. No había ningún coche para esperarnos como habían hecho en el aeropuerto.

Cuando ibamos a la altura del famoso paso de cebra, donde los Beatles se hicieron la foto para la portada de Abbey Road, un maravilloso Rolls-Royce verde se detuvo ante nosotros. Era el propio Andrew Powell, que amablemente se nos ofrecía a llevarnos al hotel. No supe reaccionar y dije muy orgulloso que no hacía falta, que preferíamos caminar un poco.

En realidad, me salió una soberbia estúpida, porque el pobre Tino todavía andaba con muletas por culpa de las operaciones. Pero me dijo: “Has hecho bien, Juli. Siempre hay que tener orgullo”. Todos nos arrepentimos, desde luego yo el primero, porque tardamos más de quince minutos en encontrar un taxi.

He estado leyendo la primera biografía que hice de Tino en el 81. Estaba en un atolladero, pero no estaba equivocado. Venía a decir que Tino era simplemente un artista. Cantante, compositor, estilista, pintor, escultor.

Un maravilloso artista. Quizá excesivamente adelantado a su tiempo. Quizá demasiado fuerte para este nuestro querido país, pero una persona con un talento tan desarrollado que a veces no sobrepasaba con facilidad.

De una cortina te hacía un maravilloso traje. Te silbaba una canción y te parecía la más formidable del mundo. Te pintaba en una caja de cerillas y te parecía la mejor caricatura del mundo.

Amaba la música de David Bowie y sus conceptos artísticos por encima de todo -hay mucho paralelismo entre ellos-. Quizá por su concepción camaleónica de todas las formas del arte, pero Bowie es un superviviente. A Tino, en cambio, le arrastraba la corriente de la pasión.

Siempre me acordaré de una chaqueta hindue de seda que se compró en Londres. Maravillosa, incontrolable, exquisita. Le costó más de medio millón de pesetas de aquellos tiempos -mediados los ochenta-. Jamás se la puso. Ni siquiera para un programa de televisión. Él era así.

No sé por qué, pero quizá el mejor que nadie lo entienda, me regaló en el año 91, el cuadro que más me gustaba de toda su exposición de pintura que acababa de hacer en Madrid. Era como un regalo muy personal. ¿Sabía que se iba a morir ?.Quizá. Nunca lo sabré.

Murió de una forma estúpida, una madrugada del sábado al domingo 22 de septiembre de 1991. Hace justo 20 años. Cuando se moría el verano. Llamaron a mi casa sobre las once de la mañana. Mi mujer Marivi cogió el teléfono. De repente, tiró el teléfono y empezó a chillar: “Tino ha muerto, Tino ha muerto, …”. Un estúpido accidente de tráfico. Los seres inmortales también mueren.