Cuando me pidieron un artículo de , mi primera preocupación fue recordar si a Frankie le gustaba siquiera leer. Que yo sepa no tenía un libro de cabecera.

Pero recuerdo que Ed Walter, el dueño del “Sands” en Las Vegas, la ratonera del “Rat Pack” siempre decía que a Frank le gustaban mucho los libros. Sobre todo, los libros de historia. Incluso hablaba sobre ellos: “Tengo que leerlos, tengo que educarme”.

En Las Vegas, en los años sesenta, incluso existían librerías y un chico llamado George que vivía con los libros, según Frankie. La tienda se llamaba ‘Shakespeare’ y proporcionaba libros de historia de Francia, de Inglaterra, cuando Sinatra tenía que viajar a esos países. Una tierna historia entre las arenas del desierto de Nevada.

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He conocido a Sinatra en dos momentos muy puntuales. Jamás me olvidaré de su apretón de manos en el Fondo Sur, el famoso fondo de los ultras madridistas, poco antes de su concierto en el Santiago Bernabéu, en una magnífica noche del final de septiembre de 1986. Se me encogió el corazón cuando nos dijo que “los disc-jockeys” siempre han sido los tipos más honestos de la música, porque han dado a conocer la buena música a la gente. Siempre que recuerdo sus palabras con esa voz profunda, intensa, me dejo llevar por el viejo demonio del sentimentalismo.

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Los tristes fados

Pero también conocí al viejo Sinatra “fácil de odiar” en una noche en los camerinos del viejo estadio Das Antes en Oporto, cuando casi una “fan”, en su senectud, la inmensa Amalia Rodrigues, la voz de los tristes fados, quiso conocerlo. Camuflado como ejecutivo de su compañía de discos , le oí decir: “Déjame en paz Barbara -su ultima esposa- , yo no quiero conocer a esa puta vieja”.

Recuerdo la grosera anécdota del gran Jimmy Van Heusen, el único que le respondía en sus peores tiempos, que decía que Sinatra era “simplemente, un monstruo, pero cantaba mis canciones”. Jimmy era el letrista de las magníficas “películas de cuatro minutos”, como las denominaba Charlton Heston, de las canciones de Sinatra, tales como All the way, la canción más sorprendentemente sexual de todo el archivo de Frankie. Y, por supuesto, Call me Irresponsable, una de sus favoritas , cuando jugaba a ser el “playboy” de los “playboys”.

Sinatra era el perfecto maníaco depresivo, fácil de amar, fácil de odiar, pero irrepetible. Necesitaba en cada momento ser amado, de ahí su “rat-pack”, su “harén de chicas”, sus guardaespaldas, sus mafiosos, su botella diaria de Jack Daniels Reserva, sus cigarrillos Camel sin filtro y siempre vestido con una elegancia de dandy, con colores como el naranja, que era su favorito. Gastaba fortunas diariamente en ropa.

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Como me decía su hija Tina, la depositaria de las herencias de su padre, le costaba decir “lo siento”, pero nadie se detuvo en pensar que era tímido, muy tímido. ¿Tímido Frank Sinatra?. “Sí, mi padre lo era”. No quería a nadie en especial, pero demostraba una talento insoportable para cantar, romper muebles de rabia por su corrosivo carácter y exagerar el narciso encanto por John Kennedy, al que llamaba “chickie baby”, con el que ejercía incluso de chulo de putas o de distribuidor de amores clandestinos, como la impresionante Judith Campbell y, más tarde, Marilyn, a la que Frankie la llamaba “la preciosa submarinista”, porque aguantaba mucho debajo del agua de la bañera cuando se “mojaba” con él.

Pero también acabó mal con Kennedy, por culpa del fiscal general, el frío hermanísimo Bobby Kennedy, del que decía Frankie que te miraba con una sonrisa un segundo antes de clavarte un estilete. No llevó a los tribunales a Sinatra, porque le detuvo el propio John Kennedy. Pero, a cambio, el presidente le dijo que nunca volviera a llamarlo o utilizarlo. Poco después, el capo de la mafia Giancana, gran amigo de Sinatra, fue llamado a declarar por prostitución, venta de drogas y conductas mafiosas.

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Sinatra odió a los Kennedy y se hizo republicano, con una extraña amistad con el vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew. Y, luego, Ronald Reagan, claro. Pero en contra, Tina, su hija, me contó que a su padre le gustaba la mafia y le gustaba ser un mafioso. Sus ancestros italianos le salían por los poros. Por eso hizo la serie de los “Ocean Eleven” con su “Rat Pack”, como homenaje a la mafia italiana.

El degenerado rock

Jamás pude entender como un amante tan soberbio de la música odiase con tanta pasión al mundo del rock, al que le definía como “brutal, horrible, degenerado y vicioso”. Cuando Sinatra creó su propio sello discográfico, Reprise Records en los sesenta, le prohibió a Mo Ostin, su presidente, que fichara a un sólo artista de rock, Incluso dijo de Yesterday de los Beatles que se trataba de una melodía bastarda. Pero a finales de esa década, Ostin le dijo que si no fichaba a los artistas bastardos del rock, la compañía tendría que cerrar.

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No podía subsistir con vejestorios como Dean Martín, Bing Crosby y Sammy Davis Jr. Curiosamente, Neil Young fue su primer gran fichaje de rock para Reprise y distribuyó los discos ingleses de Jimi Hendrix en su compañía. Pero ya en los años setenta, Reprise tuvo que ser vendida a la Warner Bros.

Tina me contó que uno de los grandes errores de su padre fue casarse con Mia Farrow, casi treinta años más joven que el cantante. Tina me confirmó que su padre sufrió de celos, de impotencia sexual, de sentirse viejo, como si hubiera llegado a la “menopausia” del hombre. Incluso se volvió loco cuando Ava Gardner, el gran amor de su vida, le comentó: “Nunca llegué a creer que te pudieran gustar los chicos”. Ava tiraba con bala por el pelo corto de Mia. El rodaje de la Semilla del Diablo con Roman Polanski fue el detonador final de una de las bodas más escandalosas de Hollywood.

Cantar contra el alzheimer

Nadie sabe si fue su última esposa Barbara la que le empujaba a seguir en los escenarios en los años finales de Frankie o era él mismo que no quería arrojar la toalla, dado su instinto superlativo de nadar contra corriente. Pero el éxito de su disco de duetos en el año 1993, con Barbra Streisand, Bono, Aretha Franklin, Liza Minelli, entre otros, le impulsó a seguir de gira perpetua, a pesar de que le temblaban las manos, se le olvidaban las letras al cantar o repetía las mismas líneas. El Alzheimer se estaba comiendo a Frankie y él tiraba los vasos de whisky al suelo cuando le temblaban las manos. Se volvía loco de ira.

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Hasta que al año siguiente, en marzo, en Richmond, se desplomó y cayó al suelo, cuando llevaba sólo un minuto de su odiosa My way, porque siempre la recordaba como su inescrutable testamento. Pero Sinatra siguió, siguió sólo ante la locura. Un mes después se volvió caer en Atlantic City. Barbara decidió que ya no habría más conciertos. Y la “cortina final” cayó en 1995, en un teatro de Palm Springs. No quiso cantar My way como epílogo. Prefirió interpretar The best is yet to come (“Lo mejor está por llegar”).

Pero no fue así. Cuando Sinatra se enteró de que el magnate Sheldon Adelson había demolido el “Sands”, el palacio de su vida, la guarida del “Rat pack”, Frankie entendió que su mundo se derrumbaba, que ya se había desmantelado para siempre. Y murió.

Sé que voy a terminar como Orson Welles con otro “Rosebaud”, pero siempre me enterneció un documental sobre Sinatra con motivo de sus 80 años. Me impresionó ver a Frankie jugando con su inmenso tren eléctrico, de varias vías, en uno de los salones más grandes de su casa en Palm Springs. Tina me dijo que todavía está allí, que aún puedo verlo, en el mismo salón del nuevo museo de Frank Sinatra. Como a cualquier niño grande, a Frankie también le gustaban los trenes eléctricos.

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Me gustan , me eloquecen casi todas las canciones de Sinatra, pero esta es mi favorita.