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Oliver Cromwell, el líder político y militar que convirtió Inglaterra en una mancomunidad y fue Señor Protector de Inglaterra, Escocia e Iralnda y agollitinó al rey Carlos II, también  liquidó y prohibió celebrar con villancicos la santa Navidad.

Para Cromwell y sus compañeros puritanos, el canto y las fiestas navideñas no solo eran aberrantes, sino pecaminosas.

Cromwell, tan nefasto como necesario,  estaba en una misión para limpiar la nación de sus excesos más decadentes.

Durante las casi dos décadas en que la prohibición a Navidad estuvo vigente, se siguieron celebrando misas religiosas semi-clandestinas que marcaban el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre y las personas continuaban cantando villancicos  en secreto. Pero casi todos, los villancicos pasaron a ser clandestinos.

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El 25 de diciembre de 1656, un miembro la Cámara de los Comunes dejó clara su molestia por no haber podido dormir la noche anterior debido al ruido de sus vecinos por las “preparaciones para ese ridículo día”.
Pero con la Restauración de la monarquía inglesa, en 1660, cuando la legislación entre 1642 y 1660 fue declarada nula y vacía, se volvieron a permitir tanto los elementos religiosos como los seculares de los 12 días de Navidad.

La mayoría eran canciones paganas para eventos como el solsticio de invierno, hasta que los primeros cristianos se apropiaron de ellos: un obispo romano en el 129 d.C, por ejemplo, decretó que un villancico llamado “Himno del Angel” se cantara en la misa de Navidad en Roma.
Para la Edad Media, grupos de “parrandas”, que iban de casa en casa cantando durante los 12 días de Navidad, tenían a su disposición varias cientos de canciones inglesas sobre la natividad y las fiestas.
Incluso el rey Enrique VIII (1491-1547) escribió un villancico, cuyo manuscrito se puede ver en la Biblioteca Británica.

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Y no solo los populares villancicos navideños de eras previas sobrevivieron triunfantes, sino que el interés se renovó con pasión y exhuberancia: el siglo XVIII y la era victoriana fueron las épocas de oro de la escritura de villancicos, en los que se produjeron muchos de los tesoros que hoy conocemos y celebramos.